Plataforma de meditación

En una finca de la Sierra Norte estamos buscando el lugar para situar una casa. Hay un bellísimo lugar en alto desde el cual se domina el paisaje. Cerca hay un río. Geológicamente, el terreno está formado por estratos de pizarra. Alguno de estos estratos han dado paso a material de origen ígneo, produciendo en el paisaje unas líneas que, al contrario que la pizarra, no se disgrega y es más difícil de erosionar. Así el agua ha ido creando un paisaje con montes quebrados, cubiertos de vegetación en el cual se produce un diálogo entre las rocas que se posicionan estratégicamente en ese lugar. Del mismo modo como se sitúan las rocas, nosotros situaremos la casa; como si de otra roca se tratara. Entre la casa y el río hay relaciones. Caminando hacia él nos encontramos con un bosquecillo de encinas, un lugar para meditar que será como una extensión de la casa. Desde allí nos sentimos parte de ese lugar, nos sentimos roca, nos sentimos agua, nos sentimos árbol, nos sentimos como uno más de los elementos que lo forman. Vemos el agua que, al correr, ha ido horadando las rocas y formando el paisaje. Bajamos para tocarla. Seguimos el arroyo que baja hasta el río, antes de llegar a él nos encontramos con una roca espacial.

Esa singular roca se ha formado con el roce del agua y junto a ella define un espacio, un lugar para meditar. El agua suena, se mueve, brilla, moja, produce reflejos y ha creado un lugar esculpiendo las rocas a su antojo. En esta roca nos podemos sentar y sentirnos parte de ese sitio. Sobre la roca, solemne, estática, se superpone un árbol de pequeñas dimensiones que hunde las raíces en las grietas de la roca, nace de ella, crece, se sujeta... y sobre todo se complementa con la roca para crear un espacio habitable. El espacio está definido por la roca que se pliega y tiene formas las cuales se amoldan a nuestro cuerpo. Nos sostiene. El árbol nos cobija y su sombra genera los límites del espacio que define. Allí, de forma natural, se crea un espacio donde nos sentimos protegidos, es como un pabellón o lugar para meditar en nuestro paseo hacia el río.

Este espacio para meditar, formado por la roca y el árbol, está íntimamente relacionado con el bosquecillo de encinas. El bosquecillo se compone por nueve encinas y en la principal, situada en el centro, vamos a construirnos un refugio. Es un espacio sobrecogedor, situado en el lugar de forma mágica. Así pretendemos instalarnos en la encina de la misma forma que el árbol se instala en la roca. Con lo cual montamos una estructrua que se enlaza con la encina y la complementa creando espacios habitables bajo, entre y sobre ambos. Un refugio. Un lugar que, cuando la casa esté construida, nos sirva de extensión de ella y que nos dé las pautas para intervenir pues pretendemos que la casa complemente al lugar como la estructura a la encina o como el árbol a la roca.

Felipe Palomino González

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